Tanausú nació a orillas del océano Atlántico, en una chabola rodeada de plataneras, ratones y pobreza. Muchas noches en vela por culpa de la bendita lluvia. Goteras por aqui, goteras por allá. Nadie pegaba ojo rodando muebles de un sitio para otro. Su primer recuerdo se remonta a la edad de un año, noche de Reyes Magos. Un caballo grande de cartón con gafas de sol. Nunca pasó tanto miedo en medio de las risotadas del padre biológico. Desde muy pequeño quiso ser cura, trotamundos, mujeriego, revolucionario, piloto de aviones de guerra. La primera aventura la protagonizó con apenas seis años de edad. La madre trabajaba de costurera ambulante, hoy en una casa de San José, mañana en otra de Escaleritas. Por falta tiempo dejó de acompañarlo a la guardería. Cada mañana, tras hablar encarecidamente con el conductor de turno de la guagua (autobús) dejaba el resto en manos del niño: "Cuando te bajes de la guagua te vas derechito para la guardería porque si no esta noche te meto una tollina" (paliza). Tanausú rompió las relaciones con Dios muchos años después, pero aquella mañana aceptó la compañía de Bercebú. Tras apearse en la plaza de Santa Ana, entre la catedral y el ayuntamiento, y jugar un rato a lomos de los perros de bronce, enfiló rumbo a la plaza (mercado). Desde la guagua siempre le fascinó aquel bullicio de gente, tanto colorido. Tenderetes en el suelo, peones arrastrando carretillas repletas hasta los topes, vendedores pregonando la mercancía a grito pelado. A media mañana buscó provisiones. Dos tomates y un puñado de mandarinas, y a correr sin parar hasta el barranco de Guiniguada. Jadeaba aún cuando apareció en escena Andrés "el Ratón", un hombretón vestido con una chaqueta llena de "condecoraciones" militares hechas con tapas de botellas de cerveza y bebidas refrescantes. Los pies descalzos, enormes, cubiertos por una costra de rancio indomable. Pasó junto a Tanausú farfullando locuras. El niño no movió ni un músculo hasta verlo desaparecer barranco abajo en la desembocadura en la mar. Aquel día el aprendiz de aventurero regresó sin contratiempos a la choza. Pero a la mañana siguiente la fortuna le dio la espalda. "¿Qué haces niño? -vociferó un comerciante apegado a la proopiedad privada-. Como te atrevas a coger nada te doy un guantazo". Huyó con destino incierto porque deseaba explorar todos los rincones a la vez. Cuando el sol brillaba en el cénit recordó con nostalgia la guardería. A esa hora los alumnos estaban comiendo plácidamente. Probó suerte de nuevo en el mercado. ¡¡Pero!!... "¡¡Eh, niño!! -llamó un guardia-. ¿Por que no estás en el colegio?". "La señorita está mala" -respodió. "Te acompañaré a tu casa". "Sé ir solo, señor guardia". "Vamos, vamos. No me rezongues". Llegaron más allá del canódromo de León y Castillo. Tanausú eligió una mansión cualquiera y subió diligente la escalinata. Pero no terminaba de tocar el timbre. El guardia insistió: "Anda, llama a la puerta". El niño terminó rindiéndose. "Pero ¿dónde vives en realidad?" -preguntó el policía. De nuevo pasaron delante del canódromo y doblaron la calle de Castrillo. Detrás de la clínica enfilaron un camino de tierra. En el patio de vecinos fueron recibidos por niños y mujeres alborozados. "¿Qué te ha pasado Tanausú?" -preguntó una vieja. El guardia contestó por el niño: "¡¡Vaya mañanita me ha dado este gorgojo!!". "Ay, cuando tu madre se entere" -anunció una parroquiana. "Más vale que le digas al guardia donde trabaja ella" -añadió otra. Cuando la madre tuvo conocimiento de la noticia, sentenció: "Prepárate esta noche cuando lleguemos a casa". Tardó mucho tiempo en repetir una hazaña parecida. Pero ni una noche se libró de los correspondientes latigazos con una manguera de gas butano. Ora por sacar de "procesión" la desvencijada mesa de comer (estudiar, coser, planchar) como si fuera un trono de Semana Santa; ora por llevar a la hermana a la guardería sin comer o con un zapato menos; ora por andar de parranda con las niñas del patio de vecinos. Ocurrió una tarde. Invitó a Toñi a descubrir las delicias del amor. Tanausú rondaba los ocho años de edad y Toñi unos cuantos menos. "¿Quieres echar un polvillo?" -preguntó. Ella respondió sin dudarlo. Se despojó de las bragas y recostó el manojo de huesos encima de una banqueta de madera en la chabola de Tanausú. De repente, aquel Barrabás, dijo: "Toñi, me voy a correr". "¿Sí?" -respondió ella con ilusión. El niño apunntó el pene a las piernas de la pecadora y la roció de orines. Ella salió corriendo. "¡¡Mamá, mamá!! ¡¡Tanausú me meó!!". La madre con una alpargata en la mano, preguntó: "¿Y que hacias tú sin bragas?". Aquella noche también la madre de Tanausú empleó a fondo la manguera de gas butano. No volvió a tener relaciones fuera del noviazgo con Olguita, la hermana mayor de Toñi. Un día confesó su condición de mancebo precoz a Manolo "el Bizco", un compañero del colegio. "¿Yo también puedo verla desnuda?" -preguntó el otro niño. "Se lo preguntaré a ella" -dijo Tanausú. "¿Es guapo?" -preguntó Olguita. "Tiene un ojo de cristal". "¿Un ojo de cristal? Pues entonces no me desnudo". Tanausú estaba considerado una lumbrera en la escuela. ¿Entonces por qué perder el tiempo yendo cada día? Comenzó a frecuentar las playas de Las Palmas de Gran Canaria. En la playa del Lugo estuvo a punto de ahogarse en más de una ocasión y en playa de Las Alcaravaneras aprendió a remar con un bote de pesca de bajura. Milagrosamente la madre jamás descubrió la doble vida de Tanausú. Ayudante de un repartidor de dulces a bordo de un triciclo; jugador de béisbol con marineros japoneses en el muelle de Santa Catalina; operario sin sueldo en cualquier evento público como instalar un circo o el escenario para un concierto de música. También le tomó aprecio a los velorios y entierros. Fiambre a la vista, fuga del colegio. Amante de la medicina, sin embargo cierto día el maestro reclamó la presencia de la madre. Tanausú había organizado un boicot contra la vacunación obligatoria de los escolares, y eso no estaba bien. Una nueva paliza y a la mañana siguiente a empezar de nuevo. El amor por la medicina forense lo acercó más a Dios. Se hizo monaguillo en la iglesia de Santa Teresita para acompañar al cura en los entierros. La primera autopsia lo dejó fascinado. El muerto dejó viuda a una prima de Tanausú. Murió electrocutado en el taller de mecánica donde trabajaba. Un montón de gente en el cementerio perdiendo el tiempo mientras el médico y sus ayudantes practicaban la autopsia a la vieja usanza. Con un serrucho le sajaron la cabeza como un melón de Lanzarote y con el escoplo y el martillo se abrieron paso entre las costillas hasta el corazón y demás vísceras. Tanusú contempló aquella escena a través de las rendijas de un carcomida puerta. Un enjambre de niños observando sin pestañear. Un hombre pasó cerca. "¿Qué hacen ustedes ahí?" -preguntó. "Están rajando al muerto" -contestó Tanausú. El caballero miró también, pero no pudo reprimir un gesto de asco. Muchos años después se jactaba de no tener miedo a pasar la noche solo en un camposanto. Unos compadres de la vida tramaron gastarle una broma pesada. Lo retaron a cambio de dinero. Tanausú aceptó el desafío. Aquella noche se presentó delante del cementerio, dispuesto a saltar el muro y permanecer dentro hasta el amanecer. Cuando estaba encaramado en el pretil empuñó una máquina de hacer difuntos del calibre 9 milímetros. "Bueno, señores, hasta mañana. Espero no encontrarme a nadie ahí dentro". "¡¡Espera, cabrón!! ¡¡Todo ha sido una broma!!" -gritó uno de los compadres. "¡¡Eeeh!! -chilló otro delante de la cancela del camposanto. ¡¡Salgan enseguida!! ¡¡El hijo puta éste tiene una pistola!!". Retiraron la apuesta, naturalmente. A la edad de nueve años estrenó profesión en un despacho de la calle Pérez Galdós. Nunca recordó la cara del patrón ni el objeto social del negocio. Sólo aquella mesa grande de madera y un teléfono de color negro. La falta de clientes en aquella empresa le permitió disfrutar mucho tiempo en la puerta de la calle. Gente para arriba y para abajo. Pero terminó aburriéndose. Una mañana cogió el teléfono y llamó a los bomberos. Con todo lujo de detalles describió un presunto incendio frente a la oficina. El recepcionista de los bomberos aguantó la conversación hasta localizar el origen. Se presentó un agente de la policía. Habló con el dueño de la empresa. Aquella noche la madre lo mandó a la cama bien calentito. Terminó el verano y regresó a la escuela. Aun siendo un excelente alumno (saltaba de cursos de dos en dos) la madre lo amenazó con internarlo en la Casa del Niño si no cambiaba. Dicho y hecho. 24 horas de disciplina; toque de diana a las seis de la mañana; nostalgia de libertad. Pero la madre también lo echaba de menos. No estuvo ni un mes en la Casa del Niño. Aunque juró sentar cabeza, no empezó con buen pie en una agencia de publicidad, sección talleres, como "auxiliar" de andamios desvencijados. Rótulos, vallas, transformadores. Toda la jornada guindado del andamio a varios metros del suelo. Una mañana uno de los operarios adultos prometió reservar media docena de cogotazos para el patrón. Luego empezó a hablar de Fidel Castro. Tanausú no perdió ripio y también mandó a la gran puñeta al dueño de la empresa. Lo hizo al revés. Primero se despidió y luego empezó a buscar trabajo en un montón de tiendas y oficinas. Regresó a la casa sin nada en las manos. Pero Dios aun continuaba mimándolo. "Tanausú -dijo una vecina-, tu jefe te mandó un recado. Dice que quiere que vuelvas a trabajar". Respiró hondo porque aquella noche la madre no le administró la consabida paliza. Luego de la agencia de publicidad trabajó como jefe de cantina en el cine Bahía. Empezaba la jornada laboral a las cuatro de la tarde y regresaba a la chabola a la una de la madrugada. Ni merienda ni cena. La tentación se hizo golosina. Un pastelito, dos o tres bombones rellenos de licor, medio paquete de galletas. Pero ¿por qué no variar de menú? Ropavieja, calamares a la romana, ensaladilla rusa. Se convirtió en un respetable cliente de los bares de la plaza de Santa Catalina. También invirtió algún dinero en soldaditos de plomo, estampas de futbolistas y cuentos del Capitán Trueno. Terminó de patitas en la calle. Después de una breve estancia en el Instituto Canario de Estudios Económicos, como botones, descubrió por fin el negocio de su vida, en la librería Cervantes, instalada en una habitación del domicilio de un empleado de Seguros Santa Lucía (dedicada fundamentalmente a la disribución de libros entre los amigos y parientes). Poca clientela y mucho tiempo libre para leer a Julio Verne, Emilio Salgari, Jack London, Pío Baroja, Joseph Conrad, Robert Louis Stevenson. Tres libros a la vez. La novela de turno, el diccionario para conocer el significado de las palabras y un atlas para seguir la ruta de la narración. También husmeó con sumo interés entre los artículos del Código Penal. Se hizo una autoridad en la materia con los niños del barrio. Unos planeaban cómo atracar un banco y Tanausú echaba las cuentas por si algo fallaba. No se le recuerda ninguna reivindicación en la librería. Pero en el almacén de ultramarinos propiedad de Juan Luis Quevedo Peano, hermano de un procurador por el tercio familiar, donde Tanausú hizo carrera desde botones hasta oficial administrativo, sí tuvo sus más y sus menos con los demás oficinistas. Fumaban como verdaderos carreteros. "Si algún dia llego a ser presidente del gobierno como Juan Negrín, prohibo fumar en el trabajo". ¿Por qué Juan Negrín López? Nació en la casa donde estaba situado el almacén de ultramarinos, y si aquel canario habia llegado tan lejos por qué no él también. Todo el mundo se echó a reír, naturalmente. Jamás supo la causa, pero un día la madre pidió una cita en el médico. Radiografías, análisis de sangre, examen con el estetoscopio. El galeno, sentenció: "Este niño fuma". Tanausú volvio la mirada hacia la madre y dijo: "¡¡Te lo juro, mamá, yo nunca he fumado!!". ¿Cómo iba a mentir el doctor? Tremenda paliza aquella noche. Pero no todas las experiencias fueron negativas en aquella empresa. Gracias a un préstamo dejaron de mojarse en la chabola. Techo de uralita y luz de gas. "Villa Lata" iba camino de convertirse en un palacio. En los albores de la adolescencia, con unos diecisiete años de edad, Juan Luis Quevedo Peano y el socio, un maestro borrachín de Marzagán, necesitaron viajar a Tenerife. ¿Quién se hizo cargo de la escuela del maestro borrachín durante una semana? Nadie como Tanausú, un muchacho bastante despabilado. Abolió todas las costumbres usuales en las escuelas de la época. Ni "Cara al Sol" ni padrenuestro de bienvenida ni repaso de la tabla de multiplicar. Todo el día jugando con los niños en el patio. El segundo día un niño se atrevió a rebelarse en nombre del resto. "Maestro, ¿por qué nos descansamos un rato?". Tanausú hizo caso omiso. Por la tarde otro de los alumnos insistió en la huelga de piernas flojas. Pero ahora sí el sustituto del maestro borrachín se lo tomó en serio. Se trataba de un confianzudo reincidente. La mañana anterior, tras presentarse Tanausú como el nuevo maestro, tuvo la osadía de preguntar: "Maestro, pero ¿usted es maestro de verdad?". "Conque no quieren seguir jugando a la pelota, ¿eh? -exclamó enojado-. Bueno, pues vámonos para dentro a rezar". Mano de santo porque todos decidieron seguir correteando en el patio. Once alumnos conoció Tanausú el primer día de trabajo en la escuela; tres estaban el viernes cuando se despidió. Tras su paso por la docencia, abrazó uno de los amores más grandes de su vida, la práctica de tiro con armas de fuego. Cada domingo iba al campo de tiro de la Isleta, donde, el teniente Castillo, socio de Juan Luis Quevedo Peano en un negocio de carabinas inglesas, le prestaba una pistola del calibre 9 mm. Catálogos de armas cortas; instrucciones de tiro con fusiles de asalto; dianas de recuerdo. Uno de aquellos catálogos, años más tarde, una fulana con licencia de matrimonio lo manipuló en su contra en los tribunales de justicia. Tanausú dejó de pasar desapercibido entre las mujeres de más edad. El éxito no sólo radicaba en su estampa, sino en su discreción en el trato con ellas. La pigmaliona se llamaba Micaela, una vecina prostituta. Ella lo convirtió en un hombre en todos los sentidos. "A las mujeres no nos gustan los fanfarrones. Si alguna vez presumes con tus amigos de que te acuestas gratis conmigo no te vuelvo a mirar la cara". En la playa de Las Alcaravaneras pasaba casi todo el domingo. Él y Paco. Dos partidos de fútbol y una brazadita de 300 metros hasta la boya y regreso a duras penas (por culpa de los calambres musculares). Luego a pasear el cuerpo entre las bañistas. Por la tarde media caja de cerveza, un kilo de sardinas fritas y un bonito repertorio de boleros en la cantina. Muchos romances nacieron en aquella cantina. Entre los oscuros parterres del parque de Doramas algún prematuro noviazgo terminó en boda sin sacramento. Aquella tarde aparecieron dos damas. Paco siempre criticó tanto romanticismo: "Coño, no cantes con tanto sentimiento". Pero Tanausú nació para la poesía, y además se le había ido la mano con la cerveza. Mirando a las dos mujeres, entonó el bolero "Beso robado", de Cesaria Evora: "Dizem que beijo roubado / embora seja de amor / é crime na terra, no céu é pecado / Mas o homen criminoso e pecador / Para min, está tudo errado / beijo roubado tem mais calor". Paco, Tanausú y las embelesadas ninfas quedaron en verse más tarde, en un bar del barrio de Guanarteme. Una ducha en la misma playa y ropa limpia. LLegaron antes de la hora prevista. Siempre usaban el mismo truco. Como no recordaban la cara de las novias playeras esperaban escondidos. "¿Son aquéllas?". "¡¡Qué buena está la rubia!!". "La rubia es para mí". "¿Para ti? ¿Quién se enrolló con ellas? La rubia es para mí". Paco miró por las hendiduras de la ventana del bar. "¿Han llegado ya?" -preguntó Tanausú. "Sólo veo a dos viejas tomando café". "Bueno, pues vamos a dar una vuelta mientras vienen". Pasaron delante de la puerta del bar. "¡¡Eeeh!! -llamó una de las damiselas-. "¡¡Chicos, estamos aquí!!". "¿Quiénes son esas?" -preguntó Tanausú. "¡¡Me cago en Dios!! -exclamó Paco-. ¡¡Son ellas!! ¿Qué hacemos?". "Salir corriendo". La mas joven rondaba los sesenta años de edad. Tanausú no ingresó en la aviación, pero en un avión partió de Canarias muy joven. En la maleta 500.000 pesetas (un buen pellizco hace treinta años), fruto de la "indemnización" en Braun Montajes Eléctricos. El delegado de la empresa malagueña quiso maltratarlo laboralmente, pero eligió a la víctima menos propicia. "Nunca debió cruzarse en mi camino" -dijo Tanausú frente a Carlos Suárez Dunn-. "¡¡Joder, Tanausú!! -respondió el delegado con una sonrisa en la boca-. Se va usted de la empresa, y aún tiene el atrevimiento de amenazarme". "Tendrá noticias mías" -dijo el joven extendiéndole la mano. Menos de un mes despues, una pléyade de auditores de Málaga hizo acto de presencia en la delegación de Braun Montajes Eléctricos para rastrear la pista del medio kilito. ¿Falsificación de cheque? ¿Simulación de gastos? ¿Robo de la caja fuerte?... No pudieron llegar a ninguna conclusión y el delegado respondió por la pérdida del dinero... La "indemnización" constituyó una obra de arte, una belleza propia de grandes talentos... En Madrid, Tanausú mantuvo un romance con una pupila de la noche y luego conoció a Mayte Sánchez Riestra, una señorita de bien, emparentada con la marquesa de Viladomat. La madre habitualmente merendaba té con galletas con señoras de postín de la sociedad madrileña. Qué carácter más afable la de doña Marisa Riestra Almedros. ¿Y el señor marido, José Luis Sánchez González? Todo lo contrario el angelito. Se apellidaba como se apellidaba, pero en el Ayuntamiento de Madrid, donde trabajaba, y en otros "cenáculos" se hacía llamar señor Santaolalla. ¡¡Señor, Señor!! Tres novios tuvo anteriormente Mayte Sánchez Riestra. Antonio Viera Armas, compañero del Banco Hispano Americano, casado por más señas (Mayte Sanchez Riestra se hizo amiga de la esposa como tapadera de la relación adúltera); un homosexual y un palomo con suerte (descubrió a tiempo los amores de ella con Tanausú y la dejó plantada quince días antes de la boda). Después de Tanausú, Mayte Sánchez Riestra por fin enganchó con papeles a una víctima. Pero la cándida gaviota resultó ser un halcón. La destrozó, y a la familia, y a un abogadito de nombre Gregorio Lahoz CUERVO, y a un pendejo de la Asociación de Mujeres Separadas de Madrid (buscado más tarde por un grupo de acreedores inmobiliarios). Todos héroes de cartón piedra. De Madrid a San Sebastián. Begoña nunca hubiera ganado un concurso de belleza, pero la fotografía con las tetas desnudas se cotizaba mucho entre los presos de ETA. Le gustaba ver películas españolas en TVE los sábados y follar con un trapo de color rojo encima de la lámpara de la mesita de noche. Buena persona, pero bastante intransigente en materia de política. Tanausú continuó viaje.

JACK LONDON – PERFIL DE UN LOBO DE MAR (1)

Apasionado, iracundo, socialista (socialista desengañado como todo buen socialista), aventurero, líder, trotamundos, idealista, pendenciero, romántico, contradictorio, vitalista, emprendedor, borracho, lobo solitario, curioso, novelista, autodidacta, precoz, vagabundo, osado, justiciero, ecologista, bohemio, reportero, deportista, ateo, rebelde, defensor de las prostitutas como terapia del alma humana, provocador de gente mojigata... Todo esto y más formaba la personalidad de Jack London, "Lobo" en la intimidad. Nació de madre soltera el 2 de febrero de 1876. Flora Well, hija de un acaudalado comerciante de tigro, cayó enfermema de niña. La fiebre tifoidea la dejó sin apenas cabello y medio ciega. De mal genio huyó del hogar a los veinticinco años de edad. En San Francisco conoció a William Channey, de profesión "doctor" en astrología. Formaron sociedad en el tálamo parrandero y en el mundo de los negocios. Flora desbancó en prestigio a su amante. Ninguna dama californiana planeaba nada (noviazgo, boda) sin preguntar antes a la pareja de zahoríes. Artículos, sermones, consultas. Entremedias apareció Jack. El niño quebró las esperanzas de hacerse ricos a costa de la imbecilidad ajena. William desapareció del mapa y Flora contrató los servicios de una negra para amamantar a su retoño. No tardó mucho tiempo en contraer matrimonio con John London, veterano de la Guerra de Sucesión, viudo y con dos hijas. Jack tomó el apellido del padrastro. De chico parecía quebradizo de salud. A la temprana edad de cinco años cogió la primera borrachera. Iba con la comida del padrastro, bebió cerveza y vomitó hasta las tripas. Dos años después ingirió media botella de vino tinto en una boda italiana. Veinticuatro horas estuvo durmiendo la mona. La familia no levantaba cabeza y alquiló una vivienda en una zona habitada por inmigrantes chinos y sicilianos. Tras graduarse en el colegio Grammar, Jack London empezó a trabajar en una fábrica de conservas de pescado. En aquella época (como sucede hoy en tantas partes) no estaba prohibida la explotación de los niños (una de las causas de la rebelión de los pobres en forma de mafia). Muchos niños laborando catorce horas en la fábrica Hickmotts. Jack London aprendió a remar en bote, a pescar en la bahía de San Francisco y a suspirar contemplando el horizonte azul entre la mar y el firmamento. Como tantos niños en tantas latitudes y en tantas épocas soñaba con viajar más allá del horizonte. La mar y los libros; los libros y la mar. Libros de Flaubert, Kipling, Melville. Creció junto a las tabernas de los muelles de Oakland, donde los balleneros, cazadores de focas y pescadores de bacalao narraban peripecias sin fin. Pero no deseaba sólo leer ni escuchar las aventuras de otros lobos de mar, sino también vivir la suya. Con 300 dólares prestados por su madre nodriza compró una balandra a un pirata de ostras (las robaba en los criaderos para venderlas con grandes beneficios). La embarcación iba "aparejada" con la "reina de las ostras", una hermosa joven aventurera. La abrió como una concha, una pierna mirando hacia la bahía y la otra en dirección a las montañas, y la hizo suya mientras el resto de la tripulación continuaba bebiendo en la cubierta. Aquella demostración de amor provocó los celos de French, otro pirata de ostras. Intentó abordar la balandra de Jack London, pero el hijo de Flora se mantuvo firme en la proa con una escopeta entre las manos. La embarcación del bravucón viró en redondo. Libre y salvaje. Jack London nunca dejó de frecuentar la obra de sus escritores favoritos. Después de perder fortuitamente en un incendio la embarcación, cambió de bando e ingresó en la patrulla de pesca. Muchos antiguos compinches fueron detenidos y multados severamente. La mitad de la recaudación terminaba en el bolsillo del "reconvertido" Jack London. El hijo de Flora no calentaba la silla en ninguna parte. Con apenas diecisiete años de edad zarpó a bordo de la goleta "Sofie" rumbo a las gélidas aguas del mar de Bering. Noventa días cazando focas a garrotazos; casi nueve meses de singladura por el océano Pacífico. A los pocos días de navegación, un sueco gigante quiso tocarle los boliches (huevos, cataplines). Esgrimiendo un bate de béisbol mientras lo agarraba del pescuezo, el hijo de Flora lo arrinconó contra la regala de babor y le dijo: "Como te vuelvas a meter conmigo te abro la cabeza como un melón de Lanzarote. ¿Ha quedado claro?". El tripulante nórdico asintió con los ojos y el resto de la tripulación irrumpió en una salva de aplausos. Entre juergas, novelas y combates de boxeo transcurrieron nueve meses. De regreso en San Francisco prometió cambiar de vida. No más cazador de focas ni pendenciero. Volvió a trabajar como un miserable jornalero en una fábrica de yute. La siguiente aventura llegó de la mano de la narración. Se presentó a un concurso literario convocado por el periódico "San Francisco Morning Call". Ganó el primer premio con el relato "Tifón cerca de la costa japonesa", basado en su experiencia en el océano Pacífico. No estaba a gusto en la fábrica de yute y se alistó en un ejército de vagabundos, desempleados y revoucionarios organizado por Jacob S. Coxey y Charles T. Kelly, respectivamente. Dos mil hombres con destino a la Casa Blanca para exigir cinco millones de dólares con los cuales crear puestos de trabajo en la construcción de caminos. Hizo el viaje hasta dar alcance a los demás miembros del "ejército" debajo de la plataforma de una locomotora. El frío, la desesperación y el hambre rompió la solidaridad del "ejército" y terminaron a trompadas unos contra otros por la acaparación de mantas. A Washington llegaron sólo cuatrocientos hombres. El "general" Kelly tras pisar el césped de la Casa Blanca cayó en manos de la policía y el ejército terminó disolviéndose en medio del caos. Aquella odisea le sirvió a Jack London para recorrer EEUU. De Washington a Chicago y de Chicago a Nueva York haciendo autostop. En la futura Gran Manzana compró libros de ocasión. La policía le propinó una tunda por leer tumbado en un parque. Siguió camino hacia las cataratas del Niágara. Nueva detención y a la cárcel por no poder dar un domicilio conocido en el condado de Eire. En la prisión descubrió el horror del "sótano de la sociedad". Recuperada la libertad de movimiento prosiguió rumbo a la costa del oeste de Canadá. En Vancouver buscó trabajo a bordo del "Umatilla" para costearse el regreso a San Francisco. Sin dinero ni trabajo prometió de nuevo regenerarse. También juró por Dios no blasfemar nunca más. Nada de cagarse en la Virgen ni en la puta hostia. Se matriculó en el instituto Oakland High. Estudiaba y trabajaba en el mismo lugar. Trabajaba fregando el suelo, lavando los platos, limpiando las ventanas. En la biblioteca (donde conoció a la influyente Ina Coolbrith en la selección de libros recomendados) descubrió el panfleto "Manifiesto del Partido Comunista". La falta de cariño de su madre y las injusticias padecidas desde niño lo arrojaron en brazos de Carlos Marx. Se propuso dirigir el asalto a las barricadas, pero antes necesitaba obtener un título académico. Eligió la Universidad de Berkeley. Cambió las tabernas por las tertulias políticas en la Henry Clay Debating Society. Trabó amistad con Mabel, estudiante de filología inglesa, "una flor de oro pálido sostenida por un tallo esbelto". Mabel le hizo escuchar música clásica; contemplar óleos; pronunciar el inglés correctamente. Compró un diccionario para aprender veinte palabras cada jornada y empezó a imitar los modales de sus nuevos compañeros. Ingresó en el Partido Socialista Obrero. Pero no estaba hecho para reuniones de salón ni para discutir teorías, sino para la práctica de la oratoria directa con la gente en City Hall Park. Entre los oradores, Jack London destacaba por la pasión y la elocuencia. A principios de 1897, en un mitin organizado para recordar el asesinato de Abraham Lincoln, la policía lo arrestó nuevamente. Exigió un juicio con jurado y salió absuelto. Pero sus amigos de la burguesía no volvieron a invitarlo a las tertulias políticas ni a sus domicilios particulares. Sólo la familia de Mabel continuó profesándole cariño y admiración. Excursiones en bicicleta, viajes en barca, meriendas en el campo. Jack London decidió contraer matrimonio con Mabel "hasta que la muerte nos separe". Pero ni Mabel ni la familia de Mabel opinaban lo mismo. El hijo de Flora necesitaba dinero para sacar adelante su propósito amoroso. El hallazgo de oro en Alaska deslumbró a miles de personas en el mundo. También Jack London quiso hacer fortuna. Después de meses de preparación llegó a tierras boreales cuando un manto de hielo de un metro de grosor tapaba el río Yukon. Silencio y quietud durante los meses de invierno. Comerciantes, prostitutas, mineros, delincuentes, tahures, contrabandistas, sacerdotes... Todos esperaban la primavera, el deshielo, ver correr de nuevo las aguas del río Yukon. Pero Jack London fracasó en su nuevo empeño de probar suerte por culpa del escorbuto. Regresó a San Francisco gravemente enfermo y sin dinero. Tuvo la tentación del suicidio y se lamentó por no haber nacido mujer para trabajar de prostituta. Dios aprieta, pero no ahoga. De repente tuvo sendas ofertas de empleo. Escribir relatos de aventuras para la editorial Black Cat o trabajar en la oficina de correos. Eligió la novela para gloria del mundo. En tres años pasó de ser un marinero casi analfabeto a escritor de fortuna. Literatura y política; arte y socialismo. En 1901 concurrió a las elecciones para la alcaldía de Oakland. Logró el 10 por ciento de los votos obtenidos por su adversario. Ni Mabel ni la familia de Mabel estaban seguras aún del hipotético éxito en la vida de Jack London. De la boda ni media palabra. El hijo de Flora empezó a cortejar a Bess, una irlandesa voluptuosa, capaz de darle media docena de hijos. Pero a quien amaba realmente era a una joven rusa de nombre Anna. Ella también admiraba la boca de Jack London, su torso atlético, la fuerza de la palabra. Anna buscaba un poeta en su nuevo amigo, un romántico, un idealista. El apego del incipiente escritor por el dinero empezó a preocuparla. "Acumular riquezas o éxitos personales significa la derrota del idealismo", dijo ella un día. Anna el amor platónico y Bess la novia de carne y hueso, la secretaria, la educadora... contrajeron matrimonio en una semana. Huyó Anna lejos de San Francisco, pero apareció Mira, seducida por la voz sensual y varonil de Jack London. Mira no gustaba de los hombres excesivamente velludos. Por supuesto nada de pelitos asomando por las orejas ni por las fosas nasales y los huevos bien afeitaditos. Jack London no estaba entre los indeseables. Pero ninguna hembra como Charmian, cinco años mayor. La conoció después de regresar de un largo viaje por Europa (gente paupérrima en el barrio londinense de East End, niños famélicos, injusticia por doquier). En el tálamo parrandero a ella le gustaba ser tratada como una golfa. "¿Qué quieres que te haga?" -preguntó devorándola con la mirada. "Átame a la cama y pégame, arráncame los pezones, clávame tu polla hasta los huevos" -respondió Charmian. Ella un tanto masoquista y Jack London cariñosamente sádico. Estaban hechos para no separarse jamás. "¡¡Amor mío eres tan hombre!! ¡¡Amo cada trozo de ti como jamás he amado y como nunca amaré!! Por ti trabajaría en un prostíbulo, robaría un banco, me presentaría a las elecciones de cherif del condado". Sólo una vez se rebeló Charmian en la intimidad de la alcoba. "Jamás te daré mi culo" -dijo. Jack London sonrió. La puso en posición decúbito prono y la amarró de pies y manos a la cama. Empezó a recorrer su espalda con los labios, después con la lengua. La besó salvajemente en las nalgas, luego un poquito más adentro de las nalgas cuando ella abrió las piernas, la boca de Jack London se perdió en la oscuridad mientras Charmian no paraba de gemir. La boca dio paso a un dedo juguetón, el dedo índice entró como Pedro por su casa en el ano de aquella hembra en celo. Jack London volvió a sonreír. La polla (chimbo, pinga, pico) a punto de reventar. El poeta la untó con aceite de hígado de bacalao y comenzó a cabalgar suavemente las posaderas de Charmian. "No lo hagas -dijo ella-. Me harás daño". Con la delicadeza de un alfarero de la porcelana Jack London hizo suyo el culo de su amada y el temor de ella se transformó en un placer infinito. Desde entonces practicaban diariamente el conocido método P3... Por arriba, por abajo, por detrás... Charmian no resaltaba por la belleza despampanante ni por tocar el piano ni por cantar... Nada de eso atesoraba... Su encanto estribaba en ser una mujer audaz e independiente, una mujer infatigable a la hora de viajar junto a Jack London, jugar ambos a la baraja o practicar boxeo como si de un hombre se tratara. Sucedió cierto día en el apartamento de ella. Jack London no midió la fuerza de su derechazo y la tumbó de espaldas en el suelo. "Conque esas tenemos, ¿eh?" -murmuró. Ni corta ni perezosa se incorporó y le propinó un puñetazo en la boca a su contrincante. Veinticuatro horas estuvo sin probar bocado lujurioso. La guerra entre Rusia y Japón los alejó temporalmente porque Jack London partió hacia el teatro de operaciones como corresponsal de guerra del periódico "New York Journal". Tuvo varias peleas con los soldados nipones porque no lo dejaban salir del hotel. Finalmente fue arrestado y deportado a EEUU. En el puerto de San Francisco no lo recibió Charmian, sino un escándalo. Bess había solicitado el divorcio por adulterio, pero adulterio con Anna... Metedura de pata de Bess y retracto. Charmian se mantuvo alejada de Jack London casi un año para no complicar más las cosas. Jack London no pensaba lo mismo y buscó consuelo en los brazos de Blanche, una crítica de teatro. Si Charmian y Jack London formaban la pareja perfecta resultaba una locura continuar separados. Ella buscó de nuevo las caricias del poeta, su boca hambrienta, dormir juntos con las piernas enroscadas. Mandón y posesivo la convivencia entre ambos inspiró a Charmian en uno de sus textos. Quería morir a su lado, pero el caballero se gastaba un carácter de aúpa. Sin embargo Jack London nunca dejó de estimular el temperamento independiente de ella y su naturaleza artística, circunstancia impensable en la época. Charmian no sólo actuaba como secretaria y correctora, sino que además influyó en su estilo literario. Jack London de nuevo se hizo la promesa de echar raíces. Compró 130 acres de terreno en una colina de secoyas, pinos y robles. También compró vacas, caballos y aperos de labranza. Iba a probar suerte con la cría de bovinos y cerdos. El dinero hizo mutis por el foro en pocas semanas. Pero la famosa novela "Colmillo blanco" lo rescató de la insolvencia. Dinero fresco, renovadas ideas. En vez de construir el rancho pensó hacer un viaje alrededor del mundo. Charmian respondió con entusiasmo: "¡¡Que espere la casa!!". Mientras la construcción del barco avanzaba a paso de tortuga, Jack London daba conferencias por EEUU. Causaba furor entre los jóvenes y delirio entre las mujeres, casi todas vestidas de rojo. También ocasionó algún dolor de muela. Sucedió cuando pronunciaba un discurso para magnates de la industria. Acusó de parásitos del sistema a los artistas e intelectuales del movimiento socialista porque "desconocen la terrible realidad de los explotados". "Son zánganos apiñados entorno a la miel capitalista". Un ricachón presente en la conferencia replicó: "¿Sabe cuál será el resultado de su revolución?". "¡¡No es mi revolución!! -contestó Jack London- ¡¡Es su revolución y la revolución de la gente como usted!! ¡¡Ustedes son la causa de la revolución!!". "¿Sabe cuál será el resultado de su revolución?" -insistió el millonario-. ¡¡La anarquía!! ¡¡La guerra civil!! ¡¡La muerte y el crimen!! Ese será el resultado de su revolución. ¡¡Un cataclismo nacional!!". "Bueno ¿y qué?"... Tan pronto consiguió el divorcio de Bess (por abandono de hogar en vez de adulterio) contrajo matrimonio con Charmian. ¡¡Qué desastre!! Las asociaciones de mujeres lo condenaron y también las federaciones de fútbol también por su influencia perniciosa entre los jóvenes y las librerías retiraron su obra por la inmoralidad del "apóstol del socialismo" de haber abandonado a la esposa, a las hijas. Cuanto antes terminara de construir el barco mejor para marcharse lejos de EEUU. La duración del periplo iba a ser de unos siete años. Contrató a tres tripulantes. Ninguno había pisado jamás ni un miserable bote de playa. El 21 de abril de 1907 un centenar de parientes, amigos y curiosos se arremolinó en el muelle para ver zarpar la embarcación. Jack London con la gorra calada alzó la mano desde el castillo de popa del "Snack" para despedirse. De repente se oyó una voz jadeante: "¡¡Alto en nombre de la ley!!". El hombre se hizo paso a través de la gente y subió la escalerilla. "El barco ha sido embargado por no pagar a sus acreedores". Necesitó dos días para solventar aquel contratiempo. Tuvo suerte porque el resto de acreedores conoció los planes de Jack London cuando el barco ya estaba en alta mar. Mientras el velero surcaba la bahía de San Francisco, Jack London se imaginaba viviendo en una choza en cualquier isla solitaria de los Mares del Sur y comerciando con perlas y copra o pescando tiburones. También pensaba cazar alguna cabra salvaje. Nada más salir a la mar abierta el tiempo cambió. La sentina comenzó a hacer agua y la vela del foque huyó con el viento. El barco no terminaba de responder a la maniobra del piloto (piloto porque Jack London le concedió el título) y el cocinero (sin experiencia incluso aliñando una ensalada) preguntó con nerviosismo: "¿Cuántas millas faltan para llegar?". Jack London lo miró de arriba abajo. Dijo: "Exactamente dos mil millas menos las tres o cuatro que hemos recorrido desde ayer". LLegaron a trancas y barrancas a Hawai y la tripulación se quedó sin empleo. Cinco meses duró la reparación del barco. El novelista contrató a un piloto de verdad, pero estaba en libertad bajo fianza por asesinato. En Alaska cogió el escorbuto y en los Mares del Sur la malaria. Debió regresar precipitadamente a San Francisco. El viaje alrededor del mundo duró veinticinco meses. Tras comprar dos ranchos anejos a la finca de Glen Ellen el patrimonio rústico de Jack London se multiplicó por cuatro. También prometió dejar de beber. Para lograrlo ideó un viaje desde la costa este de EEUU hasta la costa oeste. Pero no en línea recta, sino dando un rodeo en barco a través del cabo de Hornos. Charmian se enroló como ayudante de cocina y Jack London como tercer contramaestre. Estaba decidido a dejar la bebida y además dejar sin coartada a los bribones. Realmente continuaba yendo a los prostíbulos del barrio chino y al restaurante Dunstan's, donde entraba para cenar, pero terminaba desayunando también. Cuando regresaba a la finca, Charmian lo estaba esperando con el periódico en las manos, con la noticia sobre la última parranda de Jack London. "Ese no soy yo, ¿eh? Muchos sinvergüenzas adúlteros o estafadores usan mi nombre para evitar sus responsabilidades". El barco de cuatro palos zarpó del puerto con Charmian y el novelista a bordo. Extraña pareja porque cuando no estaban boxeando en la cubierta andaban guindados de algún palo o fornicando en el bote de salvamento. También contemplando las puestas de sol o la fosforescencia de las estrellas. Charmian bordando o recitando poemas y Jack London terminando la obra "The Muntiny of the Elsinore". En algún meridiano de la mar oceana engendraron a su segundo hijo (el primero murió a las treinta y tantas horas por culpa de una negligencia médica). El hijo marítimo tampoco llegó a puerto. ¿Terminó Jack London con la bebida? No se conoce ninguna noticia contraria. Sin embargo abandonó un poco a Charmian. Ella un día escribió en su diario: "Allan (un apuesto veinteañero, inglés y aspirante a escritor) y yo fuimos cabalgando hasta Sonoma Mountain y disfrutamos mucho viendo cómo la niebla se espesaba y se volvía a condensar. Un tiempo muy agradable, sin lluvia, maravilloso, pero malo para el rancho. Flores y árboles en flor. Una experiencia encantadora"... ¿Relación meramente platónica o Charmian usó a su huésped Allancito para recordarle a Jack London sus necesidades de hembra infatigable en el tálamo parrandero? Una mañana de marzo, ella lo acompañó hasta la estación ferroviaria para despedirlo. Cuando regresó a la finca, Jack London estaba esperándola detrás de la puerta. Le pidió explicaciones sobre aquellas intimidades con Allancito. Las palabras de Charmian debieron ser convincentes porque de nuevo volvió el derroche de pasión entre ambos. Día y noche andaban follando (jodiendo, conejando) en la cama, en el suelo del salón, encima de la tabla de planchar. Comenzó la última aventura para Jack London, hacer testamento y dejar pendiente un montón de deudas. La penúltima odisea la vivió en Mexico donde un periódico lo mandó como corresponsal de guerra a la Revolución Mexicana. Sus crónicas provocaron ronchas entre los dirigentes de la izquierda norteamericana. Incluso su hija lo acusó de traición. Se despidió del mundo en Hawai donde estaba con Charmian su amor hasta la muerte de ella muchos años después... Entre los ilustres lectores de Jack London estaba Lenin.

(1) Basado en "Jack London, un soñador americano".

 

 

Alexandre Paulo Cardoso Delgade

Campeón de España de Boxeo

Semipesados – Año 1980

 

Cabo Verde y Canarias comparten la leyenda de la Atlántida; el origen volcánico de los dos archipiélagos; la soledad del océano; el mítico drago; las montañas abruptas; los rugientes acantilados; las dunas de arena blanca; los valles profundos; la pesca de atunes, sardinas, tiburones. Tierras desforestadas por los conquistadores; sequía de cinco siglos. En la montañosa isla de San Vicente nació Alexandre Paulo Cardoso Delgade. Dieciocho hermanos. Antes de cumplir los dieciséis años de edad huyó a bordo del carguero griego "Kavoyossonys". Tres días permaneció escondido en el pañol de proa. De noche buscaba provisiones en la cocina. Mil sueños en la cabeza mientras dejaba atrás las islas de Cabo Verde. A la altura de Canarias lo descubrió el contramaestre: "¿Quién eres? ¿Qué haces a bordo?". "Quiero trabajar, ganar dinero". En realidad también huía de la guerra entre los partidarios de Amilcar Cabral y las fuerzas colonialistas portuguesas. El capitán del barco examinó la libreta de navegación del polizón. "¿Cuantos años has trabajado como engrasador?". "Cuatro a las órdenes de mi padre, jefe de máquinas de un barco de cabotaje". "Bien, hasta llegar a Rotterdam, deberás ganarte la comida trabajando como marinero, y en Holanda te entregaremos a las autoridades". No hizo falta despertarlo ningún día. Cuando la tripulación aún no había desayunado, ya estaba ganándose el sustento en la cubierta. Veinticuatro horas antes de recalar el barco en Rotterdam, el capitán lo citó en el cuarto de derrota. "El contramaestre me ha dado buenos informes de ti. ¿Quieres enrolarte como engrasador". La respuesta afirmativa del muchacho no se hizo esperar. En tierra hizo acopio de ropa; escribió a la familia y compró tiempo en un prostíbulo. De Rotterdam el barco zarpó hacia Hamburgo. En el legendario barrio Saint Paulin le pagó a una furcia por un polvo inacabado. A través del escaparate de cristal ella le mostró una poblada mata de vello pubiano y dos tetas como melones de Lanzarote. Entró en tromba en la estancia. La ramera corrió las cortinas; le aseó el pene en el lavamanos y se abrió como una almeja sumergida en agua caliente. No le gustó la experiencia a Cardoso. "Mientras yo le daba lo mío ella hojeaba el periódico. Me puso nervioso y me fui sin correrme". En Cádiz cambió de barco y partió hacia Argentina. Gracias a un tripulante valenciano y a las novelas de Marcial Lafuente Estefanía aprendió la lengua de Pako de Quevedo Villegas. El barco estibó trigo en Santa Fe, Rosario y Buenos Aires, sucesivamente para salvar los diferentes calados del rió Paraná, y puso rumbo al mar Caribe. "Me fascinó el sistema de compuertas del canal de Panamá y atravesar el lago Gatún. También me gustó la costa oeste de EEUU, su gente, las ciudades". Durante varios meses la nave hizo la ruta entre los puertos argentinos y californianos. Después regresó a Europa. Cardoso desembarcó en Rotterdam y prosiguió viaja en tren hacia Oslo con la idea de mejorar el sueldo en los barcos noruegos. Permaneció un mes esperando inútilmente una plaza como tripulante. Sin dinero se presentó ante el cónsul honorario de Portugal. "¿Tienes permiso de conducir?". "No, soy menor de edad". "Qué lástima. Te hubiera dado trabajo en el consulado". El diplomático telefoneó a varias navieras. En una de las compañías le dieron buenas noticias. "Tu caso ya está solucionado" -dijo mirando a Cardoso-. Tardó más de laa cuenta en presentarse en la naviera porque ni dinero para el autobús le quedaba. "Dentro de quince días cogerás el barco en Londres -dijo el empleado de la compañía-. Ahora está en Nueva York". Le dio un adelanto del sueldo y le entregó la dirección del hotel donde ya lo esperaban. Comió por dos y se vistió con sus mejores galas. Aquella tarde conoció a Brigitte en una discoteca, veinticinco años, enfermera de profesión. Ella lo invitó a escuchar música en su apartamento. Cardoso le dio lo suyo hasta el amanecer. Por la noche volvieron a verse en la discoteca. Él le preguntó: "¿Te gustan las mujeres como he oído?". "Sí, pero tú me gustas más. Quédate conmigo hasta que te vayas". El barco, tipo bulkarrier (de carga mixta), zarpó hacia Nueva Orleans con una carga de petróleo. "En Cabo Verde jamás escuché hablar de racismo. Pero en el puerto de Nueva Orleans descubrí el lado más oscuro de la segregación entre razas. En el barrio de las putas los blancos iban por una acera y los negros por la otra. De repente dos gigantes blancos me cogieron por los hombros y me empujaron hacia el centro de la calzada. En la acera de los negros mi compañero del barco, gallego, tampoco fue visto con buenos ojos. Nos marchamos de allí sin mojar". El barco regresó a Europa y luego se dirigió a Japón con una carga de chatarra. Como el canal de Suez estaba cerrado por la guerra arabeisraelí dimos la vuelta por el cabo de Buena Esperanza. En Durban hicimos escala durante tres días. La primera noche cuando terminé de trabajar en la sala de máquinas subí a la cubierta, sudoroso. Iba vestido con un bañador y las zapatillas. Acodado en la regala de babor vi llegar al radiotelegrafista con una prostituta blanca. Subieron por la escala y al pasar junto a mí le tiré un beso a la mujer. Me devolvió la mirada devorándome hasta las entrañas. Diez minutos después apareció el radiotelegrafista. Dijo: "Me tienes que hacer un favor. La puta dice que sin no jode contigo antes que tampoco lo hará conmigo". Nos fuimos a mi camarote. Se abalanzó sobre mí nada más cerrar la puerta. Me la tiré vestida y todo. Luego me explicó que en Sudáfrica las mujeres blancas tenían prohibido acostarse con negros. No me cobró nada". Desde Durban el barco puso rumbo al estrecho de la Sonda, entre las islas de Java y Sumatra. Pero a medio camino se recibió un cable porque en el mar de la China se había desatado una tempestad. El capitán ordenó dar la vuelta por Australia para luego enfilar las olas de proa. Más de una semana sin subir a la cubierta. El barco arribó con bastante retraso, sin tres botes de salvamento y con media proa menos. En Yokohama Cardoso vivió otra aventura, más romántica, con una prostituta muy cariñosa. Ni lametazos en el Monte de Venus ni besitos en la popa. Ella sólo ansiaba un puñado de carne humana en forma de bauprés enhiesto. En el baño, en la cocina, con las piernas enroscadas a las del caboverdiano. Cien posiciones del Kamasutra para estrenar una bonita y dulce amistad. A la mañana siguiente ella se presentó en el barco. Cardoso habló con el jefe de máquinas. "Me han invitado unos días en el campo". "Cardoso nunca me gustó trabajar con tripulantes enfermos -dijo el jefe de máquinas-, y usted parece muy enfermo. Le doy permiso hasta que se recupere". Cuando el engrasador giró la cabeza desde la puerta, el jefe de máquinas le guiñó un ojo. Dijo: "Diviértase". Tan entusiasmada estaba la japonesa con el marino que le propuso casarse. Ella trabajaría para los dos mientras él buscaba oficio. Pero el muchacho deseaba conocer mundo, viajar a España. Había visto todas las películas de Sara Montiel, Joselito, Carmen Sevilla, Marcelino Pan y Vino, y estaba prendado de la mujer española, cabello largo, ojos rasgados, boca grande. Durante un tiempo mantuvieron la relación por cartas,  pero la distancia es el olvido. Medio año navegando en aguas de Arabia Saudí sin tocar a una mujer sacó de quicio a Cardoso. Pidió un mes de asueto y viajó a Barcelona. En la discoteca New York conoció a Brigitte, una hembra de rompe y rasga. Trabajaba como señuelo de clientes. Cerca del apartamento de ella Cardoso descubrió un gimnasio de boxeo. Lo invitaron a hacer guantes con un veterano. Con ropa de calle incluso se calzó los guantes. "En los dos primeros asaltos me infló. Me hizo enfadar y le propiné un directo en la mandíbula. Se acabó el combate". A la mañana siguiente el preparador Ángel Navarro Bacelga me propuso competir con la selección catalana de aficionados en la categoría de los semipesados. El boxeo terminó con la vida marítima de Cardoso. Gimnasia, carreras en el parque Güell, saltos con la cuerda, entrenamiento con el saco de arena y la pera, asaltos de sombra frente al espejo, dos combates semanales con otros púgiles del gimnasio. "El boxeo se practica con las piernas, con la cabeza y con los puños, por este orden" -dijo el preparador. Cardoso nunca olvidó tan sabios consejos. El dueño del gimnasio le buscó trabajo como portero en la discoteca Jorge V. No duró mucho tiempo porque la querida del propietario estaba demasiado escorada hacia él y el patrón era un tipo celoso. "Me quedé sólo con la sueca de la discoteca de New York". Cuando bailó por vez primera con Loli ya ostentaba el título de campeón de Catalunya de aficionados. Tres combates bastaron para conquistar la corona. En 1971 contrajo matrimonio y un año después la Federación Portuguesa de Boxeo le ofreció participar con la selección de Portugal en la Olimpiada de Munich. No se pusieron de acuerdo en la retribución económica y Cardoso perdió la oportunidad de competir en los Juegos Olímpicos de 1972. Siguió trabajando como operario en la empresa La Maquinista Terrestre y Marítima. Dos hijos en el mundo y un montón de años por delante para tener una casa propia. Habló con el preparador. Dijo: "Quiero pasar al campo profesional. Necesito dinero". Debutó en Lisboa frente al campeón de Portugal Amador Augusto. Perdió por puntos. Barcelona, Madrid, Bilbao, Santa Cruz de Tenerife, San Sebastián. En Madrid peleó con Rocky Wilson, campeón de Uruguay. De gira por España estaba invicto después de diez combates. Pero mordió el polvo frente a Cardoso, "el bailarín de Cabo Verde". Empezó la pelea lanzando golpes falsos para seguidamente sorprender a su adversario con una rápida y fulminante serie de "crochets" con ambas manos. Puñetazos en la cabeza, en el torax, en el hígado. Rocky Wilson, con la guardia clavada en la posición del típico encajador resignado, provocó aún más el espíritu combativo del caboverdiano. En el tercer asalto, tras un breve intercambio de golpes, Cardoso lanzó un directo a la mandíbula del contrincante. Cayó noqueado. El palmarés del "portugués de Barcelona" siguió creciendo meteoricamente. Venció a Iñiguez (aspirante a la corona española de los semipesados); a Lovell (vencedor sobre Evangelista y nulo con Oscar "Ringo" Bonavena) y José Antonio Gálvez, almeriense, (vencedor sobre Urtain, "el Tigre de Cestona"). Tres combates, dos K.O. A Lovell, aunque lo tiró en varias ocasiones, no pudo dejarlo fuera de combate por la diferencia de peso entre ambos, más de treinta kilos. Después peleó con Giacinto Cattani, campeón de Italia y aspirante al cetro europeo de los pesados, una mole. Cardoso aumentó dos kilos para dar el peso en la báscula. "El bailarín de Cabo Verde" tan pronto boxeaba en semipesados como en pesados. 120 kilitos del italiano contra 83 de Cardoso. David contra Goliat. Imposible pelear con su estilo tipo Cassius Clay, con las piernas siempre en movimiento y con la guardia baja. Boxear en la media distancia con una apisonadora como Giacinto Cattani significaba un peligro cierto, un directo en la cabeza y a dormir la mona. Durante un mes hizo gimnasia con pesas para fortalecer la pegada y mucho ejercicio de cintura. Nada más comenzar el combate se fajó cuerpo a cuerpo. El gigante Cattani una y otra vez intentaba contrarrestar los demoledores ganchos del caboverdiano y evitar la pelea en corto. Dada la abrumadora diferencia de envergadura, de boxear a la media distancia, los golpes de Cardoso iban a llegar con menos fuerza. En el segundo asalto, media docena de certeros puñetazos en el hígado dejó el camino expedito para el K.O. Sucedió en el tercer asalto. Cardoso acorraló a su rival contra las cuerdas y en un fallido contragolpe del italiano le metió un gancho en la mandíbula. El gigante se desplomó como un saco de papas. Otro italiano se cruzó seguidamente en la trayectoria de Cardoso, Aldo Travessano, campeón de Europa. De semejante estilo pugilístico sacó partido de su veteranía en el cuadrilátero y ganó por puntos. En la plaza de Toros (sin toros) de Santa Cruz de Tenerife acabó con la carrera de Manuel Quintana Trujillo, canario, campeón de España desde 1970 y en Bilbao se enfrentó con Antxon Iraeta, antiguo levantador de piedras en el País Vasco, un mastodonte humano. El público criticó hasta la sordera la decisión de los jueces de declarar nulo el combate. Corría el año 1978 cuando "el portugués de Barcelona" cruzó los guantes con Francisco Fiol, campeón de España de semipesados y aspirante a la corona europea. Combativo y encajador, Fiol prometió dar cuenta de Cardoso por la vía rápida. Craso error porque nada pudo hacer frente a la precisión del caboverdiano y a su envolvente juego de piernas. Desde el segundo asalto el mallorquín, residente en Suiza, peleó con una brecha en la ceja. La campana lo salvó del K.O. en un par de ocasiones. Incomprensiblemente el árbitro dio nulo. Cada vez estaba más cerca la nacionalización española de Cardoso y por fin iba a poder disputar el campeonato de España. Pero aún tuvo ocasión de asombrar a los espectadores del madrileño Campo de Gas. La velada se convocó a diez asaltos con Scassino Ferreira, campeón de Uruguay, invicto. El caboverdiano finalizó el combate en el tercer asalto. Definitivamente Cardoso iba camino de pasar a los anales del boxeo hispano tan pronto consiguiera la nacionalidad. Sucedió en 1979, primero eliminó a Juan Saavedra y luego se enfrentó a Avenomar Peralta, de origen argentino. Dos extranjeros disputando el campeonato de España de la categoría de los semipesados. Baño de vapor y masaje antes del combate. Ganó Peralta por puntos, aunque el veredicto no gustó a los espectadores. En la pelea de revancha Cardoso puso las cosas en su sitio. La fama del caboverdiano la quiso rentabilizar el promotor Martín Berrocal. "Pero yo no era carne de cañón. ¿Cuántos boxeadores no terminaron como terminaron por culpa de algunos promotores?". Siguió con el mismo preparador de siempre... y trabajando en La Maquinista Terrestre y Marítima. El año 1982 estuvo alejado del boxeo tras un grave accidente con la motocicleta. Le amputaron la falange del índice de la mano derecha. "Cuando subí de nuevo al ring me sobraban años y me faltaban ilusiones". Hice varios combates con desigual fortuna y en 1985 me enfrenté a Evangelista. En el tercer asalto le rompí el pómulo y el médico suspendió la pelea. En el siguiente combate, un desconocido con mucha ambición me hizo besar la lona. Había prometido retirarme cuando me dejaran K.O. Colgué los guantes". Quince años en el boxeo, un aluvión de victorias. ¿Ha sido Cardoso un malogrado campeón por no tener a tiempo la nacionalidad española? Posiblemente España perdió una medalla en Munich, un campeonato de Europa, una figura en el mundo. "Cuáles fueron mis ídolos en el boxeo? Cassius Clay, José Legrá, Miguel Velázquez. También George Foreman por su altruismo con la gente necesitada". En 1988 recibió una jugosa indemnización en La Maquinista Terrestre y Marítima, por reestructuración de la empresa, y viajó a Cabo Verde. "Tuve que pedir visado para visitar mi tierra porque yo era español y Cabo Verde un Estado soberano desde 1975". Ese mismo año, en 1988, Cesária Évora, "la reina de la morna" (tipo de canción triste, nostálgica), grabó su primer disco. Desde 1988 hasta hoy Cardoso ha trabajado como vigilante de seguridad, primero en discotecas y después en el puerto náutico de Barcelona. "Años duros en las discotecas. Drogas, reyertas, contratiempos. Una vez me apuñalaron y otra me encarcelaron por defender a un compañero, linchado por un grupo de neonazis. Dejé fuera de combate a uno de los agresores y estuvo en coma varios días, y yo en prisión por decisión de la autoridad competente. Ahora mi trabajo es más tranquilo, pero tampoco es moco de pavo. Toda esta zona del Maremagnum se ha convertido en un estercolero de noche. Aquí quisiera ver yo a muchos políticos, jueces y periodistas, y dejarlos a solas con tantos borrachos, camorristas y delincuentes. ¿Que si me han llamado racista? Ya lo creo, matones y forajidos negros, árabes y sudamericanos, gente de mala calaña. Por supuesto soy "racista"; con toda esa gente sin oficio ni beneficio. Como las autoridades no pongan orden a tiempo Barcelona se convertirá en un antro".


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RAFAEL SÁNCHEZ ARMAS

AGENCIA BK DETECTIVES ASOCIADOS